General Máximo Gómez, en el día de su fallecimiento

General Máximo Gómez, en el día de su fallecimiento

Máximo Gómez Báez nació en Baní, el 18 de noviembre de 1836. Era hijo Andrés Gómez Guerrero y Clemencia Báez.
Siendo muy joven , con 16 años, en el 1852, ingresó al Ejército dominicano cuando el Emperador haitiano Faustino Souloque invadió a la República Dominicana con 30 mil hombres, obteniendo allí el rango de “alférez”.

Su primera participación en un combate militar fue en la Batalla de Santomé, el 22 de diciembre de 1856, en la cual los dominicanos derrotaron a los haitianos.

Cuando el Presidente Pedro Santana anexionó a la República Dominicana a España en 1861, Máximo Gómez se unió voluntariamente al ejército español, combatiendo contra las tropas insurrectas dominicanas, que pretendían recuperar la independencia para el país.

Como tantos otros dominicanos leales a España, tras la victoria de los independentistas , o sea, una vez restaurada la República, el 10 de julio de 1865, se trasladó con su madre y sus hermanas a Cuba, donde gracias a un préstamo personal del español Valeriano Weyler , quien era el Capitán general de Cuba en esa época, pudo dedicarse a labores agrícolas en la zona de Bayamo.

En dicho país, Máximo Gómez , inconforme con el trato que le dispensaron los españoles, se transformó y rompió con ellos y se sumó a los grupos que luchaban por la Independencia de Cuba.

Así, el 16 de octubre de 1868, sólo seis días después del Grito de la Demajagua, se sumó a la revolución cubana y el día 25 dirigió la Primera Carga al Machete, operación militar en la que la caballería insurrecta a su mando derrotó a una columna española que se disponía a retomar la ciudad de Bayamo, en manos rebeldes.

Por sus conocimientos militares y su valentía fue ascendido rápidamente a Mayor General por el Presidente cubano Carlos Manuel de Céspedes.

Se casó en la Manigua con Bernarda Toro (Manana) quien lo acompañó durante la guerra. Combatió en los primeros años, bajo las órdenes del general Donato Mármol, de quien fue su segundo, y después de la muerte de éste en 1870, asumió el mando de la División de Cuba (Oriente).

Encabezó la invasión a Las Villas para extender la guerra al centro y el occidente de la isla.
En 1871, Céspedes le designó al frente del ejército que invadió Guantánamo pero en 1872, le destituyó por un malentendido.

No obstante, al morir Ignacio Agramonte en 1873, le designó Jefe del Ejército de Puerto Príncipe (Camagüey) donde tomó las ciudades de Nuevitas y Santa Cruz del Sur.

Ganó las importantes batallas de La Sacra y Palo Seco.

En 1874, después de destituido Carlos Manuel de Céspedes, como Presidente de la República en Armas, por su conflicto por la Cámara de Representantes y con los grupos regionalistas de Puerto Príncipe y Las Villas, Gómez ganó los combates de Naranjo y Mojacasabe y la famosa Batalla de Las Guásimas, la más grande de la Guerra de los Diez Años.

El 6 de enero de 1875, cruzó la Trocha de Júcaro a Morón y penetró en Las Villas con 300 hombres de caballería y 600 de infantería. Los caudillos locales le obligaron a dimitir del mando de Las Villas por no ser nativo de Cuba. En enero de 1877 la Cámara de Representantes de la República en Armas le designó Secretario de Guerra, y en octubre General en Jefe (cargo que no aceptó) y en diciembre de ese año renunció debido a la creciente desintegración de las fuerzas cubanas, afectadas por el caudillismo y el regionalismo.

Poco después de firmado el Pacto del Zanjón en 1878 decidió salir de Cuba junto a su familia, convencido de que resultaba imposible continuar la guerra.

A pesar de los generosos ofrecimientos monetarios de Martínez Campos, quien le trató con respeto y caballerosidad (incluso intentó dar a sus ofrecimientos un carácter legal para acallar el orgullo de Gómez), el Generalisimo del Ejército Mambí, se retiró de Cuba a Jamaica en la más absoluta miseria, adonde se fueron con él su esposa Bernarda Toro (Manana) y sus hijos.

En esa época perdió a uno de sus pequeños. Fue ayudado financieramente por algunos amigos y comenzó a trabajar la tierra (una pequeña vega de tabaco) con sus propias manos.

Desde el 5 de febrero de 1879 residió en Honduras. En el gobierno del Presidente Marco Aurelio Soto fue nombrado Director de Aduanas y se le reconoció como General de División en el Estado Mayor General del Ejército de Honduras y Comandante de Plaza en Amapala.

Allí todavía se conserva la casa donde vivió y una placa conmemorativa recordando su presencia; en aquella época ese puerto fue una importante unidad económica por donde se realizaba la exportación de productos del mar y del café.

Posteriormente, Gómez se trasladó a Costa Rica, donde restableció el contacto con Antonio Maceo y luego entraría en contacto con José Martí, cuya labor organizadora para la “Guerra Necesaria” terminó por conquistarlo.
Gómez aceptó la dirigencia política de Martí, cuya visión política y personalidad de líder posibilitaron el financiamiento y organización de las principales expediciones. Además, prácticamente todos los oficiales de la Guerra Grande, incluidos Martí y Maceo, aceptaban y deseaban a Gómez en la máxima dirección militar de la Revolución.

En 1888 se estableció de nuevo en República Dominicana adonde acudió Martí en marzo de 1895 para firmar con Gómez el histórico Manifiesto de Montecristi, en el que los líderes dejaban expresa su ideología de independencia y de que la guerra no era contra los españoles, sino contra las autoridades coloniales de España en Cuba, para ingresar a Cuba en el concierto de las naciones libres e independientes.

También se dejaba explícito el carácter popular y democrático de la lucha y de la República a ser fundada, una “República con todos y para el bien de todos”, rechazando cualquier desviación o interpretación de la causa como guerra racial, pillaje o aventurerismo.

El Generalísimo se hizo célebre por la disciplina implacable que imprimió a sus tropas. Tanto sus soldados, como los prefectos mambises corruptos, conocieron penas de muerte por fusilamiento y/o la degradación. Para las indisciplinas menores, no relacionadas con cobardía, el cepo mambí o el paso a la impedimenta eran los castigos usuales.

La cobardía, si no tenía consecuencias graves, era castigada con la obligación de avanzar en solitario hacia filas enemigas y procurarse una o más armas, un uniforme y parque.

Los robos o agresiones a campesinos eran castigados con el fusilamiento.

Gómez entró en fuertes contradicciones con el Gobierno de Cuba en Armas presidido por Salvador Cisneros Betancourt por la concesión de grados militares a jóvenes de buena posición social que recién se unían a las filas mambisas.

Fueron muchos los diplomas de nombramientos que rompió con sus manos, para después nombrarlos como soldados rasos y ubicarlos en sus filas. Con Gómez los grados tenían que ser ganados en combate.

Ante los esfuerzos de muchos emigrados por lograr el reconocimiento de la beligerancia cubana por los Estados Unidos, Gómez expresó: “El reconocimiento de los americanos es como la lluvia: si viene está bien, y si no, también.”
Al producirse la intervención norteamericana en la guerra, Gómez se hallaba hacia el centro del país, en su tarea de diezmar las decadentes tropas españolas y a punto de avanzar por segunda vez a La Habana para invadirla definitivamente. Reaccionó airado ante la prohibición de entrar en Santiago de Cuba a las tropas cubanas, emitida por el general estadounidense Shafter, pero no tomó acción alguna, no sintiéndose con derechos de cubano, a pesar de su papel preponderante en la campaña.

Ya en 1898 se trasladó a La Habana para la Quinta de los Molinos, donde fue recibido por una multitudinaria manifestación de simpatía. Al establecerse la Asamblea del Cerro como Gobierno Provisional, Gómez entró a formar parte de ella, pero se negó a dirigirla, alegando su carácter puramente militar y su condición de extranjero.

Entró en contradicciones con varios de sus diputados, varios de los cuales militaban entre las filas de los reformistas y los autonomistas.
Por su condición de extranjero se negó a constituirse como candidato a la presidencia ante las inminentes elecciones de 1902, en las que se postulaba Tomás Estrada Palma, a quien apoyó, proponiendo de paso a Bartolomé Masó, patriota probado en campaña, como vicepresidente de Estrada.
Pero Masó, por su parte, se retiró de las elecciones. A partir de ese momento, Gómez se retiró a una villa en las afueras de la capital, haciendo su paseo matinal por un largo terraplén que es hoy la céntrica Calzada del Diez de Octubre
El 12 de marzo de 1899, la Asamblea del Cerro acordó la destitución de Máximo Gómez como General en Jefe del Ejército Libertador, y la eliminación definitiva de ese cargo. Las discrepancias habían llegado a su clímax y se resquebrajó la imprescindible unidad.
Cuando Don Tomás Estrada Palma decidió intentar la reelección presidencial inmediata, Máximo Gómez decidió iniciar una campaña contra la reelección a lo largo de todo el país. Una lesión en la mano se le infectó al saludar a miles de cubanos que le recibían en cada pueblo y le provocó septicemia. Su estado de salud comenzó a deteriorarse de manera acelerada, lo que obligó a su traslado inmediato a La Habana, en cuyo trayecto fue operado en dos ocasiones. Sin embargo, no pudo recuperarse.
El Generalísimo Máximo Gómez Báez falleció a consecuencia de una infección hepática el 17 de junio de 1905 en su residencia de El Calabazar, Cuba, a la edad de 68 años.
Fue sepultado con los honores del título de Libertador de Cuba, junto a José Martí, Antonio “Patín ” Maceo y otros patriotas cubanos más.
En Máximo Gómez se da la experiencia del hombre que se transforma de manera radical. De un antipatriota en su patria, se convirtió en el libertador en Cuba, que era una colonia de España, a la que le había servido en el Gobierno de la Anexión como capitán del Ejército durante la guerra de la Restauración que permitió rescatar la soberanía nacional, en 1863.
Texto: Compendio de varios autores

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