Joaquín Balaguer: genio y figura hasta la sepultura

Por Farid Kury
El objetivo de la visita era expresarle al decano de los presidentes dominicanos su profundo agradecimiento por haberle evitado ir a una segunda vuelta que constitucionalmente correspondía celebrar en virtud de que le faltó unos vóticos para alcanzar el 50 por ciento.
Hipólito, que cuando agarra no suelta, supo amarrar la chiva en el patio de la casa del doctor, y llegada la hora decisiva, el viejo invidente dijo que él no presta su sombrero dos veces. Dicen que estaba molesto con los morados porque debían devolverle el favor de haberlos llevados al poder en la segunda vuelta del 1996, apoyandolo en el 2000 desde la primera vuelta.
De todas maneras a Hipólito no le importaba las razones muy particulares de Balaguer. Al Guapo de Gurabo le importaba que le evitó los trotes de una segunda vuelta, pero sobre todo, le ahorró la gran cantidad de dinero a invertir, aunque ganaría sentado en su casa.
Razones de más había para agradecer de corazón al viejo caudillo de Navarrete. En su libro, El doctor, el historiador José Miguel Soto Jiménez narra ese encuentro. Dice que fueron recibidos en la marquesina de atrás por el general Pérez Bello y Johnny Morales.
Los condujeron a la biblioteca del doctor donde los estaba esperando «vestido con una bata que cubría su vestimenta sencilla, pero muy bien acicalado, y con un rostro impreciso sin expresión alguna». El presidente electo presentó la comisión y sin mucho formalismo le dijo al doctor los cargos que cada uno ocuparía en su gobierno. Y luego de algunos chistes, muy al estilo de Hipólito, éste le expresó su gratitud por haberle evitado una segunda vuelta. Y a seguidas le ofreció, según Soto Jiménez, «las posiciones que él quisiera y tuviera a bien para su gente en el nuevo gobierno». La respuesta del veterano estadista fue agradecer el gesto sin aceptar nada, porque «el tenia demasiado compromisos con la gente de su partido».
Hipólito, dinámico y jocoso, insistió, y el doctor, con su consabida decencia, insistió en su negativa. Nada de cargos para los reformistas. Al final se despidieron, pero cuando ya se habían alejado un poco, se escuchó la voz de Balaguer pidiendo que le llamaran a Hipólito. Dice Soto Jiménez que entonces el doctor le dijo: «Mejía, yo le había dicho que no quería nada, pero sí quiero…Mire, en Restauración hay una vieja maestra muy meritoria, que no han querido pensionarla, asígnele usted su jubilación, no por amiga mía, sino porque se lo merece, por todos los años de su vida que le entregó al magisterio. El próximo Mandatario, algo desconcertado, le pidió el nombre, y él solo le respondió que se lo mandaría luego, como después hizo».
Al leer esa historia recordé otra que me narró en el 2002 en un patio de una casa en Sabana de la Mar un importante e influyente personaje de la vida nacional. Ese gran personaje fue enviado en 1996 por el presidente Leonel Fernández donde Balaguer con la encomienda de que le proprcionara una lista de las personas que él quisiera sean nombradas en el nuevo gobierno. El presidente Balaguer agradeció el gesto, pero le dijo que el pacto había sido patriótico y que no recomendaría a nadie.
Es la misma postura asumida 4 años después con Hipólito. El doctor sabía lo fácil que la gente mudan de lealtades, sobre todo, cuando ya se está, como estaba él, sin perspectiva de triunfo y al borde del sepulcro. Si alguien sabía a ciencia cierta, producto de 75 años entre la actividad política y el Estado, que la lealtad del dominicano es más frágil que un papel mojado, y que se muda de casa más fácil que un inquilino, ese era el doctor Balaguer. Recomendar personas para decretos era entregárselas al presidente, y en ese gancho él, viejo zorro, no caería. Aun a esa edad y en esas condiciones el viejo seguía siendo celoso con su liderazgo. Genio y figura hasta la sepultura.
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