AL FILO DEL AGUA: ENTRE LA PASIÓN Y LOS ELOGIOS LITERARIOS

Por RAMÓN NÚÑEZ HERNÁNDEZ

Un día cualquiera del mes de agosto del año que transcurre cayó en mis manos el libro en dos tomos,
titulado Al filo del agua, de la autoría del profesor y poeta Miguel Antonio Jiménez, cuyo subtítulo reza así:
XX años de poesías dominicanas.

Al filo del agua es un texto extenso. Consta de 1198 páginas distribuidas en dos volúmenes de formato 8
medio por once. En efecto, esta antología llena un vacío de valor incalculable debido a la cantidad de
jóvenes poetas inscritos, sacados a la luz pública y desempolvados del anonimato, gracias a la pluma de su
recopilador, Miguel Antonio Jiménez.

Es la literatura dominicana de fin del siglo o, mejor dicho, la poesía de fin del milenio. El pensar hondo de
una generación de poetas que vinieron en su época en que ocurrieron los hechos más contundentes de
humanidad. Fueron sucesos que sacudieron los paradigmas establecidos, las normas tradicionales en los
diversos aspectos, como son los sociales, políticos, culturales, económicos, tecnológicos, ideológicos,
espirituales y lingüísticos. Esa realidad ya conocida, y que aura un futuro incierto, es la aquí plasmada en
los distintos discursos poéticos.

Al filo del agua recoge a 88 jóvenes poetas, más un estudio preliminar escrito por el poeta Jiménez donde
deja acuñada su teoría sobre la poesía y el papel del poeta en la comunidad o sociedad, a quien canoniza
un epílogo visual, un epílogo teórico y una biografía de los poetas antologados.

Las composiciones de los poetas recopilados emanan de los distintos movimientos y grupos literarios
interesados en incendiar y mantener viva la llama creativa de la bella letra: leyendo, estudiando,
escribiendo e intercambiando ideas, y al mismo tiempo perfeccionándose y transformando los discursos
poéticos tradicionales para ajustarlos a los nuevos modales de hacer arte y literatura. Estos fueron el Taller
Literario Domingo Moreno Jimenes, el Taller Literario Pablo Neruda, el Taller Literario Jacques Viau
Renaud, el Círculo Literario Héctor Incháustegui Cabral y el Taller Literario César Vallejo de la UASD,
fundado en 1979 por el poeta Mateo Mórrison. De este último taller proviene el mayor número de los
nuevos creadores y es cuna de la generación ochentista y los poetas del 90, que son una continuidad del
proyecto escritural anterior.

En los comentarios y opiniones sobre los poetas antologados, el profesor Jiménez cae en la práctica de los
elogios y las alabanzas, a veces en exceso. El caer en ese recurso reduce la seriedad del trabajo y la
rigurosidad investigativa. El pasionismo y la debilidad por la poesía, junto al enlace amistoso que envuelve
a los poetas con el autor del libro, conducen a emitir juicios sumamente conservadores y subjetivos.
Veamos:

“Alto honor de la dignidad del pueblo dominicano”. Marcial Mota.
“… el maestro más meritorio en humanismo, conocimiento, esmero, disciplina y personalidad”. Juan
Brijan.

“… la estrella que más brilla en la plenitud de su personalidad y su poesía”. José Mármol.

“Gran parte de la generación de los 80… Catedrático de Lengua y Literatura, reconocido con diploma de
Excelencia Académica por la Rectoría de la UASD”. Miguel Antonio Jiménez.

“Es una poeta de alto vuelo y de mesurada imagen en una poesía que derrama modernidad”. Mayra
Alemán.

“… excelente poeta y extraordinario pintor dominicano”. Marcial Mota.

“… uno de los miembros más meritorios y excelente poeta de la generación del 90”. Félix Betances.
“Posee un libro inédito de alto vuelo y de excelente poesía”. Claribel Díaz.

En los poetas mencionados es notable un desbordamiento de elogios y alabanzas por parte del autor
contrario a lo que hace con Nan Chevalier y a Basilio Belliard, en quienes descarga un baño de odio y
desprecio, cuando dice;

“Autor del libro Las formas que retornan, libro considerado por él mismo como otro libro de inútil
poesía”. Nan Chevalier

“En el hecho de minimizar a los demás es un hijo de su maldita madre”. Basilio Belliard
Obviamente que los fragmentos citados son una muestra fiel de que el poeta Jiménez sacraliza a los
cultivadores de la bella letra. Que considera al poeta como pequeño Dios, creador divino y digno
exponente cargado de imaginación. Lo más sublime del terrenal. Por tanto, es lógico que su pluma genere
conceptos tan apasionados en torno a la poesía, cuando escribe: Es lingüístico el mundo y en esta vaina el
poeta tiene un papel fundamental en la sociedad, para él es luz y potencia en el provecho y es la felicidad
de los seres humanos.

La poesía es un alimento de plenitud espiritual. Un ser humano sin poesía tiene el alma vacía, le falta
completar su voz interior, es víctima de la ignorancia y de la desorientación. La poesía es imprescindible en
la condición humana, por eso el mundo es imposible, soportarlo sin poesía y música, porque la poesía es la
música de la humanidad”. (p. 36)

Esa teoría romántica constriñe el papel fundamental del poeta y la función de la poesía. En ellos, se
observa un intento de distanciamiento del lector común. No escriben pensando en el sujeto, su dificultad
consiste en que los nuevos escritores no desean hilvanar sus versos de rima libre pensando en el pueblo
ordinario: el campesino, el mecánico, el buhonero, el pescador, el marinero, el jornalero, el soldado, el
conductor de guaguas y carros de cocho, el que se levanta todos los días a sembrar y hacer producir la
tierra; en la mujer de servicio doméstico, en el obrero y los empleados en general que prestan y venden sus
servicios por un salario para cobrar al fin de mes; igualmente que el gran mundo de los estudiantes que
hojean y observan sus poesías sin comprenderlas y tampoco asimila el sentido impreso en sus
composiciones, conduciendo a una incomunicación poética entre autor-lector. La ausencia de
comunicación poética evidente en los poetas jóvenes se asocia a un intento de rotura con las formas
clásicas de hacer literatura, sus normas y reglas convencionales trazadas por los preceptistas, como: las
estrofas, la extensión de los versos, las rimas y otras cualidades artísticas, conduciendo a un “bloqueo
sintáctico-semántico” destructor del ritmo sentido.

Pues es muy evidente encontrar cuentos que ya no soncuentos porque ninguna trama cuenta, poniendo el autor más énfasis en el trabajo de la lengua. Novelas que trata de tejer una historia posible, pero el modo potencial en que se narran constriñe su significado; como es el caso de El atascadero, de Manuel Matos Moquete, caracterizada por una lectura fría, pesada y sin dinamismo. Igualmente, otras novelas que abren nuevos caminos, nuevos horizontes en la narrativa contemporánea, rompiendo la estructura escritural del género novelístico, como es el caso de, El vuelo de los imperios, Las tinieblas del dictador y Voy a matar al presidente, de Haffe Serrulle y,por último, Cuando amaban la tierra comunera, de Pedro Mir.

En fin, ser bueno en la escritura de poesías, novelas, cuentos y obras de teatro, no lo garantiza el escribir
con minúscula, abolir los signos de puntuación, romper con la estructura estrófica, el verso lineal, la rima, y
su cadencia rítmica y metódica. Es en el modo de enfocar el discurso que debemos trabajar, lugar
privilegiado donde reside el sentido y las ideologías. Debemos volver en el rescate del lector.
En conclusión, el libro Al filo del agua cumple y llena un vacío en la literatura dominicana de fin de
milenio, pero necesita una amplia revisión de estilo y de enfoque temático. Es criticable la actitud
apreciativa mostrada por el autor al comentar algunos poetas, cuando dice: El universo poético de José
Mármol, el universo poético de Miguel Antonio Jiménez y otros con similar ensalzamiento, más los errores
cronológicos, como este: Leopoldo Minaya 1998. Nació en 1963 y pertenece a la generación del 80.

Antonio Acevedo 1969. Nació en Elías Piña, R.D., el 15 de junio de 1969. Pertenece a la generación del 60.
Errores ortográficos y de puntuación, mal uso de la tilde, nombres propios escritos con letreas minúsculas
… y más…
Miguel Antonio Jiménez, Al filo del agua, Editora Búho, Santo Domingo, 2000.

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